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miércoles, 5 de noviembre de 2014

El Fest...


José Rodríguez - @osoldu

Nota de la redacción: Antes de putear, recuerde que todos los contenidos vertidos en este blog responden a opiniones absolutamente mías, pues se trata de un sitio personal netamente creado para compartir un poco de mis ideas. Sin embargo, si quiere hacerlo, podrá comentar en la parte inferior de esta página.

 

 

Hace tiempo que no escribo en este blog, es que he estado muy ocupado con cosas de trabajo y con mi cambio de ciudad, pues sí, he dejado la cosmopolita Quito para instalarme en Puerto Francisco de Orellana, una pequeña urbe de la Amazonia a la que se la conoce como Coca, pues se ubica junto al célebre río del mismo nombre.

Pero lo que acá me cita es otro tema, como he acostumbrado prácticamente en el 80% de los contenidos de este blog, quiero escribir sobre música, conciertos, festivales y aquello que estos han significado para mí. Regreso después de casi tres meses a escribir sobre el Quitofest.

El que sería el mayor festival musical quiteño tuvo su primera edición en 2003, en un contexto un poco sui géneris para la historia de un país como el Ecuador, pues veníamos de enfrentar una serie de situaciones adversas que terminaron generando un impacto socioeconómico negativo: las crisis económica y política de finales del siglo XX, que vinieron acompañadas de migraciones masivas, gente que perdió los ahorros de toda su vida, suicidios, entre otras situaciones.

Allí ocurrió uno de los más importantes sucesos de nuestra historia, la muerte del Mariscal Sucre y la llegada de George Washington, la economía ecuatoriana se dolarizó porque era insostenible para el sistema financiero nacional mantener una unidad monetaria. 

Aquello nos dejó una serie de lecciones, pero para mí algo muy importante, llegué a decir "¡puckta! ¡Nos quedamos sin moneda! ¡Qué verga! ¡Vamos a ser ahora sí una colonia de los gringos hijueputas!". Claro, en aquel tiempo era un adolescente que cojeaba con la izquierda gracias a la formación que recibí de mi familia materna y a cosas que veía, podría decirse que estaba cerca de convertirme al "tirapiedrismo" pero no pasó por una serie de razones.

En ese tiempo era común escuchar “ecuatoriano tenías que ser” cuando alguien hacía algo mal, o “solo en el Ecuador” cuando ocurría algo que no era del agrado de alguna persona. Lo ecuatoriano era sinónimo de lo negativo, ¡por Dios! Vivimos en el más hermoso país del mundo y lo ecuatoriano era mal visto por los propios ecuatorianos. ¡WTF!

Sin embargo, esa inquietud de mi adolescente mente fue rápidamente disipada, en una emisora radial quiteña, Radio Latina 88.1 empezaron a transmitir programas especializados en géneros alternativos y música ecuatoriana, lo que en serio llegué a considerar como una especie de afianzamiento de una identidad nacional cercana a desaparecer gracias a la crisis que pasó el país.

En el espacio llamado La Inmensa Minoría conocí a músicos ecuatorianos de primera que estaban ocultos en una especie de underground alternativo al que no todos tenían acceso. Entonces se empezó a hablar de la diversidad de géneros musicales y artistas que tenían muchísimo que decirnos. Y empezamos a escucharlos y a sentirnos orgullosos de ellos, a decir “mierda hijueputa ¡qué buena música se hace en mi país!”.

Empezamos a superar el trauma post-MTV gratis y asistimos a lo mejor que nos podía brindar la música hecha en el país además de su innegable calidad: un motivo para sentirnos ecuatorianos. Para dejar a un lado esa vergüenza y decir “¡viva mi país!”

Encima, la selección clasificó a su primer Mundial de fútbol y generó que esa identidad ecuatoriana se convierta en un orgullo ecuatoriano; así, ese renovado –y hasta ahora presente- amor por nuestro país no se dio solamente en las personas afines a los géneros alternativos musicales, sino a todo nivel.

Lamentablemente La Inmensa Minoría ha ido perdiendo de a poco su llegada y calidad y ha degenerado en una radio web que transmite preferentemente ska y reggae llamada República Urbana, pero tuvo sus mejores años a inicios del milenio. Allí transmitían a grandes como Sal y Mileto, Mamá Vudú, El Retorno de Exxon Valdez, Tanque, Misil, Siq, Nadie, Lablú, Sudakaya, Mortero, Obscura, Rocola Bacalao, Descomunal, Notoken, Selva, Can Can, Muscaria, Guardarraya, Cafetera Sub, entre otros.

 


 
 
 
 
A varios de ellos pude verlos en un pequeño escenario montado en las Fiestas de Quito del 2003 en la Cruz del Papa, ese fue el primer Quitofest, un concierto montado si mal no recuerdo con la finalidad de que la gente asista a un espectáculo cultural y artístico en lugar de a embrutecerse con alcohol en las inmediaciones de la plaza de toros. Y aparentemente ese objetivo se cumplió.

Con el pasar de los años el Fest creció y empezó a presentar bandas internacionales de renombre, la primera de ellas es Koyi K Utho, una especie de Rammstein colombianos que entonces presentaron covers de bandas tan variadas como Depeche Mode y Sepultura, pero que ahora cuentan con un importante reconocimiento.

 

 
Por este escenario pasaron también gente reconocida de diferentes géneros como Korzus, Cartel de Santa, Ratos de Porao, Todos tus Muertos, Masacre, Darkest Hour, Cienfue, Plastilina Mosh, Zoe, Los Mox, Babasónicos, Austin TV, Walls of Jericho, Carnifex, Krisiun, Cuarteto de Nos, Testament, Torture Squad, Obrint Pas, Kinky, Hirax, entre otros. Quien no reconozca la calidad de estos invitados internacionales está un poco mal del cerebro.

 

 
Así, entre 2003 y 2013, no he faltado a ninguno de los Fests, a pesar de que algunos han tenido carteles mejores que otros, pero cada año he tenido un motivo para ir y compartir lo que en realidad es una fiesta de la música. Que en la entrada te quiten hasta los esferos o que los chapas, hijueputas por excelencia, te hagan requisa hasta del bóxer no importaba, si querías disfrutar de las bandas.

El ambiente era único, hasta al llorón del ‘Chamo’ Guevara y a los Chigualeros les he aguantado, no importaba, estabas en un espacio tan abierto que si no te gustaba uno de los artistas que se presentaban, podías salir a comer algo o a fumarte un tabaco.

Algo que definitivamente muy pocos apreciamos porque desde pequeños crecimos con la influencia de los grandes festivales internacionales como el Woodstock 99 y los Ozzfest, y soñamos con tener algo parecido en nuestro país. Y llegó a Quito, lo tenemos, es nuestro, nuestro Lollapalooza criollo.

 

Sin embargo, no todo puede ser tan maravilloso, pues más allá de las acusaciones que recibió la organización del Fest por recibir auspicios de instituciones públicas, por lo que hubo gente que empezó a dudar de la independencia del evento y a relacionarlo con el Gobierno. Al respecto solo diré que no me parece que aquello afecte a la imagen del festival, al contrario, si hay un Estado dispuesto a invertir en un espacio artístico y cultural es una señal de que las cosas se están haciendo bien.

Aquí entra en escena un punto que a muchos les puede parecer irrelevante, pero que se convierte en uno de los aspectos básicos para el desarrollo de una ciudad y la relación que esta tenga con su gente en temas de apropiación y empoderamiento del espacio urbano: la gestión cultural.

Se trata de un cojunto de estrategias empleadas para facilitar el acceso al patrimonio cultural (tangible o intangible) por parte de una sociedad. Parte de una planificación realizada mucho tiempo que considera tres pilares fundamentales: apoyo de lo colectivo, modelo de desarrollo determinado y trabajo por autenticidad, y esto último es lo que quiero destacar del Quitofest. Se trató siempre de un evento auténtico, más allá de que el color con el que se lo identifique, representa una especie de democratización de la cultura.

Y aquello, sin duda es un dinamizador de la economía y un motor para el desarrollo, pues la cultura atrae turismo e ingreso de divisas a un territorio. En el caso del Quitofest, los vecinos de los recintos donde se ha realizado no quisieron que el evento se cambie de casa.

Ahora bien, el Quitofest de 2014 no se llevará a cabo en la ciudad que le dio su nombre, debido a una administración municipal que prioriza la espectacularidad antes que la gestión cultural, por el simple hecho de que es más sencillo organizar un evento como Quitonia (genio el publicista al que se le ocurrió un nombre tan desagradable), donde la Alcaldía invertirá $2 000 000 provenientes de las arcas municipales para traer a artistas de la talla de Sting y Rubén Blades.

 

Yo creo que está bien para las personas que prefieren este tipo de espectáculos y que no ven más allá, pero a la vez considero una inconsecuencia y una incoherencia de parte del Municipio dejar de lado a las propuestas realizadas por los gestores culturales que en lo poco que lleva esta administración han sido excluidos y reemplazados por conciertos mediáticos masivos, uno de ellos la Fundación Música Joven, creadora del Quitofest.

Este año el Fest se realizará en Cuenca, una ciudad con muchísima cultura musical y con un público ávido por buenos conciertos que se merece un reconocimiento como tener un concierto gratuito de bandas de la talla de Biohazard, Carajo y Babasónicos. Bien por el público de allá, el evento será histórico y seguramente uno de los mayores, pues es la primera vez que se realiza en un estadio como el Alejandro Serrano Aguilar.

 


Ojalá pueda ir a esta edición del Fest y no romper la tradición de ya 11 años de no faltar al evento, está en mis planes viajar a Cuenca, pero con un aliciente adicional: no ir solamente a disfrutar de las bandas, sino ir a apoyar a la gestión cultural más allá de cualquier preferencia política, que es algo que jamás debe estar involucrado en este tipo de shows, pero lamentablemente lo está. Solo así la música saldrá ganando.

viernes, 25 de abril de 2014

¿Nos merecemos lo que tenemos?

Por: José Rodríguez


En muy poco tiempo Quito ha presenciado espectáculos nunca vistos para esta ciudad y su público ha sido en realidad muy feliz. Pero aquellas sonrisas maquillan una realidad que no es exactamente la que conocen los artistas que nos visitan, cosas que ni Ulrich, ni McCartney, ni Mustaine permitirían para sus fans.




Empezamos con Metallica el pasado 18 de marzo en el mejor concierto en cuando a producción, sonido y magnitud que ha visto este país; hace pocos días tuvimos a Megadeth, la banda de Dave Mustaine, quien fue expulsado de Metallica y dijo “voy a crear mi propio grupo con juegos de azar y mujerzuelas y será el mejor del mundo”, y lo cumplió; y estamos a pocas horas del que podría convertirse en el mayor espectáculo de la historia de este país, Paul McCartney en el Estadio de Liga Deportiva Universitaria.


En poco más de un mes y medio hemos tenido en Quito a tres de las más grandes leyendas de la música contemporánea. Sé que es algo que ocurre con mucha frecuencia en las grandes metrópolis del primer mundo, pero considerando que vivimos en este arjonero y reguettonero Ecuador, sin duda hablamos de un hito y de algo histórico. Pero, ¿realmente el público capitalino se merece vivir esta panacea musical?

Para responder esta pregunta quisiera remitirme a los dos conciertos que ya se llevaron a cabo y a los que asistí, Metallica y Megadeth, pues al momento de escribir estas líneas faltan tres días para el de McCartney, además de que estamos hablando de otra historia, otro target y otro tipo de concierto al hablar del ex Beatle, y no solamente por el género musical, pero a aquello me referiré más adelante.

Además debo admitir que Megadeth y Metallica, en ese orden, están dentro de mi Top 3 de bandas preferidas de metal (completado por Iron Maiden, por lo que es un orgullo decir que ya las he visto en vivo a todas), por lo que las expectativas creadas en mi respecto a ambas presentaciones fueron cubiertas, pero solamente por el tema música, pues lo que está atrás dejó mucho que desear.

Un público capaz de todo por cumplir su sueño.
Así, en diciembre pasado se anunció el concierto de Lars Ulrich y compañía justamente en los días cuando la mayoría de la población cobra su décimo tercer sueldo, por lo que las filas para la compra de las preventas fueron más largas que apagón en domingo en la tarde. Hubo personas que pasaron noches enteras en la puerta de un centro comercial para conseguir su boleto en las dependencias de la empresa Ecutickets.

A tres días del concierto la mencionada y “seria” compañía tuvo la brillante idea de canjear las cerca de 40.000 preventas en una ventanilla del Estadio Olímpico Atahualpa con una sola impresora y una conexión de internet cuyos servidores estaban en Bogotá. Así es, lo leyó bien. Aquello provocó el malestar del público y la llegada de personal de la Intendencia de Policía de Pichincha, quienes ordenaron a Ecutickets abrir otros puntos de distribución o de lo contrario tendrían problemas legales.

Cuando llegó el concierto hubo gente haciendo fila bajo la lluvia, durmió dos noches en la calle a la intemperie y a merced de la delincuencia, cosa que a ningún organizador le importó, es decir, hubo personas que pasaron de pie o sentadas en la calle por casi 48 horas. Las filas de ingreso al concierto fueron largas y gracias a los “filtros de seguridad” implementados genialmente por la autoridad (en los que confiscaban botellas de agua) demoraron el ingreso del público incluso hasta que los teloneros ya habían empezado su presentación.

Dentro del Parque Bicentenario fue imposible conseguir algo para combatir la sed provocada por la fatiga de estar tantas horas de pie y la necesaria recarga de energía para recibir a Metallica por fin en estas tierras a las que hasta el momento se les había negado la oportunidad de tener a semejantes músicos, hasta que por fin apareció un kiosko que vendía el líquido vital a $3 la botella que en el mercado cuesta 40 centavos. Si eso no es un abuso, no sé qué es.

Aguantando por Metallica.
Sin embargo, aguantamos y aguantamos, y callados aceptamos todos aquellos abusos y fallas en la organización porque cumplimos el sueño de ver a Metallica, quienes no tienen la culpa porque, como mencioné líneas atrás, nos dieron el mejor concierto de nuestras vidas a muchos de nosotros.

Pero lo que ocurrió el pasado 22 de abril en el concierto de Megadeth en el Ágora de la Casa de la Cultura no tiene nombre, pues si bien el público quiteño está acostumbrado al maltrato y acepta lo que le pongan con tal de no perderse el concierto de su artista favorito, me resulta asquerosamente aversivo que las faltas de respeto sean para las bandas que nos visitan.

"Pedimos disculpas por venir con una empresa que vale tres atados"

Más allá del maltrato y la vejación que significa que la Policía te haga quitar hasta los zapatos a la entrada de un concierto, creo que tanto los teloneros Basca, como Mustaine y compañía y los asistentes fuimos perjudicados por la supuesta avería de un generador eléctrico que comprometió el sonido del concierto.

Hubo una décima de segundo mientras Megadeth tocaba cuando se hizo el silencio. Ese lapso para mí fue eterno, lo único que pude decir fue “hijueputa!”, pero en la mente tenía un montón de ideas fatalistas que no valdría mencionar este momento. Eso, luego de que las pantallas donde se proyectaban los videos de la banda dejaron de funcionar, y considerando que las pantallas laterales estuvieron apagadas durante todo el concierto.

¿Existe algún responsable de eso? A mi parecer sí, la promotora de eventos CK Concerts que trajo a Megadeth al país y traerá otros espectáculos como Therion y Municipal Waste, Prosonido, quienes recibieron la mayor cantidad de puteadas de mi parte el día del concierto, y la organización local, encabezada por el colectivo Metaleros Ecuador quienes alquilaron el Ágora sabiendo que la acústica allí es pésima, podían pensar en un coliseo Rumiñahui, por ejemplo.

¡La hijueputa mejor banda del hijueputa mundo!
Debo admitir que sentí vergüenza ajena al ver al gran Dave Mustaine pidiendo disculpas al público por el desperfecto técnico. La verdad es que a una organización mediocre como la que hubo le quedó demasiado grande un espectáculo que sin duda fue salvado porque los Megadeth son realmente unos bacanes y dijeron “¡vamos a tocar carajo!”.

Pero hay un antecedente entre Megadeth y el Ecuador, y ocurrió en 2010 cuando la promotora Team Producciones literalmente se ahuevó en traer a la banda que se encontraba en una gira latinoamericana y cancelaron la presentación ante la visible molestia del propio Mustaine, quien prometió que vendría al país con su banda y cumplió, ¿pero era lo justo que lo haga de esa manera?

Como ocurrió cuatro años atrás, el líder de la legendaria banda prometió que regresarían y se nota que siente algo especial por el público ecuatoriano y por el país como lo demuestra en varios tuits publicados durante su estadía en Quito. Confío, en serio confío, como fan del Colo que volverán y tendrán el sonido que merecen y nosotros tendremos el concierto que ¿nos merecemos?






Luego de haber analizado ambos casos llego a la conclusión de que el público quiteño tiene lo que se merece por su pasividad, por ser tan pacientes y conformarse con lo que las empresas promotoras y los así autoproclamados gestores culturales nos ponen en escena.

El momento en el que pagamos para adquirir la entrada de un espectáculo ganamos una serie de derechos que no pueden ser vulnerados por parte de aquellos nefastos personajes, sin embargo, no estamos amparados bajo una legislación que proteja los derechos de los consumidores, a pesar de que existe la Defensoría del Pueblo y que el Ministerio de Industrias y Productividad maneja un programa para este fin. Es lamentable que ninguna de ambas instituciones puedan hacer algo al respecto, pues la primera se ocupa de temas netamente legales y la segunda de asuntos comerciales.

En realidad después de los abusos sufridos en Metallica y los olvidables sucesos del Ágora de la Casa de la Cultura, no me quedan más que ganas de demandar a aquellas empresas que nos maltrataron y estafaron (así es, lo de Megadeth en otras legislaciones puede ser considerado como una ilegalidad), pero al mirar a mi alrededor y ver a gente conformista y feliz, acostumbrada a ese tipo de tratamientos, creo que apoyo no voy a tener.


Ayer justamente conversaba con un amigo que me decía “pero loco, si les denuncias no van a traer nunca más a buenas bandas. Es lo que hay y tenemos que acostumbrarnos”. Y yo lo refutaba, es que justamente por eso es que las promotoras creen que “como son rockeros soportan lo que sea con tal de que les pongamos a su banda, igual nosotros cobramos por adelantado”.

Pero al otro lado están los conciertos de géneros más mercadeables y comerciales, cuyos fans no reciben ese tipo de tratos. Un caso especial es el concierto de Paul McCartney, que está destinado a un tipo de público más elitista y de clase social media alta y alta, conformadas por personas que pueden pagar entradas de $80 a $500 y que por las altas inversiones no sufrirán ese tipo de maltratos, ¿es acaso ese el ejemplo que deben seguir los promotores rockeros? Claro que sí. Y eso es algo que se vio en los shows que brindaron Elton John y Steve Aoki en la Arena Cumbayá.
Seguirán el ejemplo.

Estoy consciente de que no todos podemos pagar los precios de boletos propuestos para estos tres conciertos, pero ahí surge una figura conocida como partnership, que consiste en la asociación de las empresas con socios inversionistas, regularmente empresas, que a cambio de un espacio para publicitar sus productos en un evento paga una buena parte del costo de los contratos de los artistas, lo que ayudaría a las empresas a bajar costos en los boletos y asegurarse un mayor número de asistentes.

Aparentemente es un concepto bastante básico, pero en realidad cuesta mucho hacerle entender eso a Team Producciones y a CK Concerts, pues sus ingresos pueden crecer exponencialmente en relación al número de entradas que se comercializan, por ello la mayor parte de festivales musicales y conciertos en el extranjero manejan aquella filosofía. Por ejemplo, en el Stereo Picnic que se llevó a cabo en Bogotá hace un mes, hubo carpas de diferentes marcas como Adidas, Johnnie Walker (aunque supongo que el moralismo y curuchupismo de este país alejaría al alcohol del escenario), HP, Converse, Coca Cola, Red Bull, etc., multinacionales que garantizarían altas inversiones y por lo tanto, conciertos de primera.

¿No sería mala idea no?
Yo sé que dirán que la propuesta es bastante capitalista, derechista e imperialista, pero hay que considerar que estamos en un mundo gobernado por ese tipo de negocios, pero estamos hablando del show business, el mejor de los negocios como dice el nombre de aquella clásica película musical de los años 50.

En fin, creo que tanto el público como los promotores y “gestores culturales” tenemos que mirar más allá del muy valedero romanticismo de lo indie y de no mezclar el arte con el negocio, y así abrir los ojos para poder ver más allá. No olvidemos que si queremos tener espectáculos de calidad dependemos de empresas y las empresas quieren dinero.

Por otra parte, considero como una de nuestras misiones como público exigir una mejora en el tratamiento que se nos brinda, al igual que del que se da a los artistas que llegan al país, pidamos que revisen los generadores eléctricos antes de los conciertos y verifiquen su funcionamiento, aunque creo que se necesitan dos dedos de frente para saber que hay que hacer eso.

Esperemos que en la tercera venida del Señor (Mustaine) no haya empresas ahuevadas ni promotores mediocres, que se dé el concierto que nos deberíamos merecer después de evolucionar y dejar de ser un público conformista y pasivo.


lunes, 21 de abril de 2014

Youthanasia, mi amigo disco

Por: José Rodríguez


No hay nada más emocionante para mí que el momento previo al concierto de una de mis bandas preferidas, supongo que a muchos les pasa aquella tensión y nerviosismo de saber que en un poquito más de 24 horas disfrutarán de la música que aman.

Viene uno de los referentes del metal, aquel músico incomprendido que fue expulsado del lugar en donde quiso estar toda su vida y decidió crear un mejor espacio para dar rienda suelta a su creatividad, para poder decir lo que no le dejaron decir y hacer lo que no le fue permitido.


Resulta una historia muy familiar aparentemente, pero como a muchos de nosotros aquello le pasó al frontman de Megadeth, Dave Mustaine, a quien en adelante nombraré como el Colo (por colorado, pelirrojo), más por el cariño que le tengo a alguien quien estuvo conmigo en varios de los más duros momentos de mi vida, aunque ni siquiera tenga idea de quién soy.

El Colo

Es que es eso justamente lo que hace la música, por eso es pura magia, porque es creada por gente como uno, personas con las que te identificas y que dicen al mundo cosas que quizá viviste y te permiten abrirte, te dan la oportunidad de decir “pasé por eso y salí bien”.

Aquello pasó con el Colo y Megadeth, especialmente uno de sus discos, Youthanasia, álbum que marcó mi vida e influyó en la formación de ciertos rasgos de mi personalidad, historia que trataré de resumir en estas líneas.


A pesar de que mi familia materna más cercana siempre estuvo ligada a una ideología de izquierda, encontré varias paradojas desde el punto de vista espiritual y religioso en contraposición con las prácticas que llevaban a cabo. Por ejemplo, mi madre desde muy pequeño me enseñó valores como el respeto, la tolerancia y la solidaridad, sin embargo, es una mujer muy creyente que deposita semanalmente dinero en las arcas de una iglesia católica, aquella capitalista compañía global que profesa la intolerancia hacia quienes piensan diferente y trata de convencerte de unirte a sus ideas. Lo mismo ocurre con mi padre, aunque su formación no estuvo tan ligada al pensamiento progresista, más bien todo lo contrario.

En ese contexto familiar crecí con una curiosidad que siempre me llevó a investigar y a buscar las explicaciones que deben tener las cosas, lo que sumado a la represión que sufrí en mi educación primaria en una escuela de curas y militares (así es, existen cosas así aunque resulte difícil de creer), crearon en mí una afición por la música rock, aquella que era prohibida por los padres, pues “invocaba al maligno”.

"Qué me voy a asomar cuando oyen metal, si a mi me gusta el reguetton!"

Mis padres no fueron la excepción y miraron con mucho miedo cómo su primogénito varón se alejaba del rebaño y empezaba a encerrarse (por una norma de respeto) en su habitación para escuchar aquellos “estruendosos sonidos”.

En aquel momento poco me importaba su opinión y llegó a mis manos el cassette del Youthanasia, al convertirse en uno de mis trabajos preferidos y de aquellos que repetía al menos una vez al día, se convirtió en uno de los blancos de mi padre. La colección se completó cuando heredé una camiseta promocional de aquel disco por parte de uno de mis primos mayores, entonces ambos, cassette y camiseta desaparecieron.

Vea esa belleza

No sé si sea una de las misiones de los padres molestar a sus hijos adolescentes cuando más felices los ven o simplemente por aquel afán de moldearlos a su imagen y semejanza no pueden medir las consecuencias de sus acciones, pero aquel represivo acto concluyó en un fuerte rechazo de mi parte hacia todo lo que mis padres decían.

Explotó la rebeldía contenida, y fue sin duda en aquel momento cuando Youthanasia (obvio, me lo compré en CD y lo tengo hasta la fecha en mi colección)  se convirtió en mi soundtrack, y la razón de aquello no fue fastidiar a mis padres, sino seguir por el camino del metal. Quería nutrirme de más y más música, de más razones para poder rebelarme y ser ese joven que no se dejaba de nadie.

La ecuación era sencilla, si no me entendían tenía que hacerme entender, a las buenas o a las malas. No sé si cumplí aquel objetivo, pero el Colo y Megadeth estuvieron allí cuando los necesité, cuando enfrenté la discriminación, represión y el rechazo en mi propio hogar sabía que podía encerrarme con mis audífonos y sacudir mi mente con Youthanasia.

Uno de los temas de este álbum, Family Tree, expresaba exactamente lo que sentía en aquel momento, en complemento con la portada (graficaba a una mujer de edad colgando en un tendedero de ropa a bebés) no podían reflejar de mejor manera lo que pasaba en mi mente en aquel momento.


Lea la letra e interprete, no sea vago:

Forgotten things remembered
the tigers eat their young
the body stayed but inside the head
the mind was on the run
a conspiracy of silence
the only way out of pain
is turn around, run through it man
too wet to come in from the rain,
tell them...
I know they were doing it to you
but don't try doing it to me
Let me show you, how i love you
it's our secret, you and me
but keep it in the family tree
the secret of the family tree
When you hear them saying "trust me"
don't wait to see what's next
thrown to the wolves
forever trusting
raised in a form of living hell
sing a one note song of rage
live and die within your heart
so beware in the shadows
Your family tree waits in the dark
i say...

Mi identificación con este disco es tal que en mis planes al corto plazo está tatuarme en mi antebrazo derecho a uno de los bebés de la portada, aquel será mi primer tatuaje y será un homenaje y agradecimiento al Colo, a Megadeth y a la música en sí por haber estado ahí para mí, por ser quienes son aunque no sepan siquiera que existo.


El próximo octubre Youthanasia cumple 20 años de haber visto la luz. En aquel mes está la fecha límite para tatuarme, pues quiero retribuirles lo que me han dado dejando en mi piel marcado el hecho de que un disco puede cambiarte la vida y que una persona puede ser o dejar de ser cuando un poco de metal entra en su vida y está dispuesto a recibirlo.

En 24 horas saldrá Megadeth a un escenario quiteño, en el que será uno de los conciertos más emotivos y especiales para mí, por lo que significa la banda, por la influencia, porque ser fan de un grupo no es solamente escuchar su música, es saber vivirla como parte de ti.

A continuación un adelantito de lo que se viene, es el video del vigésimo aniversario del Countdown to extintion. Mañana veremos algo parecido en la Casa de la Cultura.


Y porque me caen bien, clic aquí para descargar el Youthanasia.

viernes, 14 de marzo de 2014

18 YEARS IN THE MAKING



PRIMER ACTO:
DEL ADOLESCENTE QUE EMPEZÓ A CREER

1996 fue el año, una época de cambios sin duda… en Escocia nació la oveja Dolly, arrancando así con el debate sobre la clonación de especies animales; en los Estados Unidos se llevaron a cabo los Juegos Olímpicos, donde Jefferson ‘el Morelio’ Pérez ganó la medalla de oro provocando un inolvidable y patético llanto en Vito Muñoz; hablando del contexto nacional, un ‘loco’ comiendo guatita en tarrina ganaba las elecciones presidenciales al ritmo del Rock  de la Cárcel.

Murieron Carl Sagan, Marcello Mastroianni, Ella Fitzgerald, Gene Kelly y fue baleado Tupac Shakur en la guerra gangsta entre la East y la West Coast del hip hop. García Márquez publicó Noticia de un secuestro y Nintendo dejó de producir la clásica consola NES, hoy prácticamente una pieza de colección.

Amenábar sacaba Tesis; Tim Burton, Mars Attacks!, y Danny Boyle, Trainspotting. Alice in Chains nos deleitaba con su MTV Unplugged , Marilyn Manson luchaba contra la censura  curuchupa estadounidense que quería vetar su Antichrist Superstar, Beck pateaba traseros con Odelay  y todo el mundo bailaba al ritmo del TravellingWithout Moving de Jamiroquai… ladies and gentlemen, estábamos en plena mitad de los 90!

¡Vaya año más loco! Marcó un antes y un después en muchas cosas alrededor del mundo, transformaciones globales muy notables; lógicamente estos cambios se veían reflejados en un púber, un sambito que se encontraba en ese incómodo momento entre ser un niño y un adolescente, que a sus doce años de edad lo único en lo que soñaba era en escuchar rock and roll toda su vida: yo.

Uno de los logos del viejo y querido MTV de finales de los 90


En aquellos años, acceder a la televisión pagada y a la Internet era un lujo porque aún no se masificaban esos servicios, pero había el servicio gratuito de canales de cable gracias a un acuerdo de la Superintendencia de Telecomunicaciones de entonces que permitía que en TV abierta se pueda acceder a un canal pagado, por aquel año disfrutábamos de los mejores años de MTV.

Ese MTV de Lado B, de Raizónica, de Conexión y de otros shows donde empecé a disfrutar de muchos artistas de un mainstream dominado entonces por el rock alternativo; las noches de los jueves pasaban un show que se llevaba el premio al mejor de todos: HEADBANGERS. Era un programa especializado en metal y en todos sus subgéneros, era conducido por Alfredo Lewin, un destacado periodista musical chileno, y presentaba entrevistas, videos, lanzamientos y novedades sobre géneros extremos. En una de sus transmisiones pasaron el video de una canción de 1991 llamada Enter Sandman, de unos tales Metallica.


El video, basado en pesadillas y malas noches fue mi primera experiencia con la banda de San Francisco. Me impactó la forma de guitarrear de un tal Kirk Hammet y la actitud del vocalista,  James Hetfield; más atrás estaba un careloco que cabeceaba con el bajo como si se fuera a acabar el mundo llamado Jason Newsted, y en la batería un patucho con principios de calvicie, que entonces se convirtió en uno de mis ídolos, el ‘viejo’ Lars. Sin embargo, fue Jason por quien sentí una mayor admiración en ese momento (fue por él y por otros grandes bajista que me interesé por aquel instrumento, aunque en el futuro no pasó de ser un sueño frustrado).

Elé los locos
Corriendo fui a comprar el disco homónimo de la banda, al que la mayoría lo conoce como el ‘álbum negro’. Entonces solo vendían discos originales, me acuerdo como si fuera ayer que costaban 15.000 sucres y me los compraba después de ahorrar las mesadas de una o dos semanas, no comía en el colegio, solo quería alimentarme de rock.


Llegué a mi casa ese día y puse el disco en la compactera, realmente fue un viaje, el headbanging fue eterno, salí con el cuello prácticamente lesionado… en realidad fue una experiencia única. Mi primer disco de Metallica, aquel que me llenaba de energía, de vitalidad, aquel que me hacía sentir el rey de mi mundo, el que me hacía bien, que me hacía ver que hay un más allá en todo, el que llevó a replantear y reflexionar muchas cosas a esa púber mente.

El romance siguió, me enteré de la existencia de un tal Cliff Burton, el bajista de los primeros trabajos de la banda, un verdadero genio musical. Leí que murió aplastado por un autobús en una gira europea, de ahí la llegada de Jason a Metallica; creo que lo admiré más, a esas alturas ya era un superhéroe para mí. Mientras mis amigos seguían admirando a los Thundercats, yo ya empecé a idolatrar a un bajista ‘careloco’.

El loco del Jason
Llegaron a mis manos, por medio de amigos, los cassettes de los célebres Kill’em all, Ride the lighting, Master of puppets y … And justice for all, aquellos trabajos que en los años 80 ayudaron a abrir los ojos a los jóvenes de un mundo en proceso de putrefacción a causa de la guerra fría. Eso ocurrió cuando tenía 13 años, edad en la que también conocí, por aquellos azares de la vida, a la banda del Colo (Dave Mustaine), Megadeth, a la que sin duda dedicaré otro espacio.

Con el Kill’em all no pude parar, recuerdo que lo llevaba en mi walkman y lo repetía una y otra vez, es de aquellas producciones que nunca te cansas de escuchar, nunca jamás; hasta ahora, a mis 30 años, escucharlo es uno de los placeres más grandes que tengo en mi vida. Lo mismo me sucede con el Ride, solo que con una diferencia, ya no estaba ahí la influencia del Colo, ya creó a la mejor banda del mundo (sí, Megadeth me gusta más que Metallica, aunque extrañamente empiece escribiendo sobre Metallica).



Al Master debo darle un párrafo aparte, ¡¡¡QUÉ PEDAZO DE DISCO!!! En realidad me ha sido muy difícil llegar a sentir algo similar con otra producción, sus composiciones me mueven el alma, la mente y el cuerpo; en mi adolescencia sacaron esa inconformidad y esa rebeldía que estaba contenida dentro de mí, aquella que me obligaba a no cortarme el pelo, a vestir de negro y a luchar por aquellas cosas en las que creía. 

Llevar una vida así no es fácil, el haberme rebelado por mi libertad del yugo familiar hasta ahora me ha costado no tener una relación del todo buena con mi padre, un hombre recto, curuchupa y derecho, criado en la old school conservadora de una ciudad pequeña en los años 70.


Pero si de rabia hablamos, eso fue lo que terminó de explotar en mi adolescente mente el haber escuchado el Justice, creo que aquello desencadenó en una de las etapas más políticamente incorrectas de mi vida. Fue cuando me cansé de vivir en un sistema represor, de estudiar en un colegio represor y de vivir en un hogar represor, lo que me llevó a buscar nuevas alternativas para solucionar aquel problema de inadaptación que empecé a tener, así fue que… And justice for all se convirtió en un disco que marcó mi vida, pues aquella alternativa fue la escritura, lo que me motivó en un futuro a convertirme en periodista. Así es, gracias a Metallica encontré a los 13 años aquello que quería hacer en mi futuro.


Mi rutina diaria por 1997 consistía en salir de clases, y si no se presentaba nada interesante del tipo chamas o chupes, ir a mi casa a poner el buen MTV y deleitarme con el buen rock alternativo y metal que llenaba su pantalla por aquellos años, era mi preparación psicológica para hacer mis deberes. Ese era un hábito normal para el adolescente promedio de la época que se vio afectado cuando una tarde el recordado Javier Andrade, conductor de Noticias MTV (un espacio corto donde se anunciaban lanzamientos, conciertos, uniones y separaciones de bandas), informó que se estaba cocinando un nuevo disco de Metallica, a llamarse Reload.


Se trataba de la segunda parte del que fue concebido como un disco doble, cuya primera parte, Load, llegó en la Navidad de aquel año a mi estantería, pero que pasó sin pena ni gloria por allí, con la excepción de dos temas: Until it sleeps y King nothing; sin embargo, la secuela generó en mí una expectativa sin precedentes para mi temprana edad.




SEGUNDO ACTO:
DEL WTF AL DISTANCIAMIENTO

Metallica con pelo corto en el sold out time!


Debo confesar que mucha de la imagen de rebeldía que creció a mis 12 y 13 años con los discos viejos de Metallica empezó a irse un poco al carajo cuando vi los videos de los temas antes mencionados del Load, pues ese ídolo llamado Jason Newsted no parecía tan loco como en los discos anteriores en los que participó, además de que Kirk parecía un glamero de los 80, y James y Lars estaban en el más alto punto de la egolatría. Pero lo que en realidad me conflictuó ese momento fue ver a los cuatro jinetes del apocalipsis con el pelo corto y con ropa blanca y/o colorida…


¡La puta madre! ¡Pero… qué mierda! ¿Qué carajo les pasó?... No encontré una respuesta y eso que creo que en una tarde navegué por toda la Internet. Me quedé como Condorito, “exijo una explicación”. Al final de ese día decidí que el cómo se vea una banda no debe trascender en mis gustos musicales y por eso decidí que Reload se merecía una oportunidad, pues estaba hablando de aquel grupo que hace poco menos de dos años se había convertido en uno de mis referentes personales.


El día anterior a que salga a la venta en el mercado nacional, ya en 1998, tenía en mis manos el CD; recuerdo que por ser novísimo y no estar aún en las perchas de los almacenes de música, pagué por él 25.000 sucres (un dólar a la cotización actual). La tienda quedaba en el Quicentro Shopping  y en el trayecto a mi casa, por la Av. Mariana de Jesús, parecía un loco, estaba desesperado por llegar y ponerlo en la compactera, creo que los últimos momentos de decepción podían irse al carajo después de presionar el botón play.

No me quedó nada más que decir “vaffanculo!”. Se acabó, si Load fue la decepción, Reload fue la redecepción. Un trabajo musicalmente muy alejado de aquellos sonidos que me convirtieron en un ferviente seguidor de la banda de San Francisco hace apenas dos años, solo lo escuché un par de veces y lo cambié con un amigo por un disco de Megadeth llamado Cryptic Writings, disco que también fue totalmente devastado por la crítica de los más puristas fans de la banda del Colo, pero que, sin embargo, llegó a mis oídos como un verdadero eargasm.

Si ve esta portada en algún lugar presione el botón PLAY, no se arrepentirá

Para ese momento ya había escuchado y coleccionado gran parte de la discografía de Megadeth y tenía todos los discos de estudio de Metallica en su versión original además del Live Shit: Binge and Purge, un compilatorio de varios conciertos que la banda dio a finales de los 80 en Seattle, San Diego y México. Entre mis 14 y 15 años ya casi me consideraba un conocedor por haber escuchado tanta música, aunque el precio haya sido caminar muchos días desde el colegio hasta mi casa y no comer en los recreos nada que no venga del  tradicional remo.

La decepción que tuve con Load y Reload me embarcó en un Train of consequences. Sí, ahora eran las producciones de Megadeth las que me embalaban, me despertaban, me hacían abrir los ojos, me llevaban a la reflexión; eran las me daban razones para seguir, pues a esa edad yo ya me estaba empezando a convertir en un tipo autodestructivo y depresivo. Ya no había más idolatría para el careloco Jason, ese papel ahora lo el Colo.

En el cambio de milenio, MTV dejó de transmitirse gratuitamente y la Internet empezaba a masificarse, y junto a ella llegó un producto que ponía música gratuita al alcance de todos, el entrañable y extrañable sitio de los ñaños Shawn y John Fanning y su pana Sean Parker: Napster. Allí los usuarios intercambiaban canciones sin ningún precio, en lo que me atrevería a calificar como la primera red social, realmente algo novedoso para la época.

Para quienes no lo conocieron o no lo recuerdan, esto era Napster

Ingresé a Napster y bajé algunas canciones que en ese momento sonaban en la Metro (estación de radio especializada en el mainstream rockero), pero cuyos discos no estaban ni en el viejo y querido Tower Records. Entre esos temas estaban Rise and shine de One Minute Silence y Down de los Stone Temple Pilots, que entraron a la lista de aquellas descargas inolvidables.

Cuando quise hacer otras descargas me encontré con que el sitio había sido cerrado por una demanda emprendida por varios artistas que no encontraron justo que sus fans no paguen por tener acceso a sus canciones y por eso acudieron a una corte estadounidense que emitió la sentencia de “chao Napster”. En medio de la desagradable sorpresa, lo primero que se me ocurrió fue investigar sobre aquello, mientras pensaba que eso era causado por aquellas estrellitas prefabricadas de pop como los Backstreet Boys o las Britneys Spears que solo fueron creadas como enlatados para vender discos y engordar las billeteras de las disqueras. ¡Pero no! Casi me caigo de la silla al ver que la demanda fue iniciada por Lars Ulrich, el danés patucho con calvicie prematura que tocaba como un enfermo mental la batería en Metallica.

Chau Napster! We miss you!

El espíritu rock and rollero de la banda se había ido directamente al carajo ¡se vendieron mierda! Después de pocos meses de eso, Jason dejó al grupo sin bajista por problemas personales con Lars, y pocos años después llegó en 2003 al mercado un remedo de disco de metal llamado St. Anger , bajo la etiqueta de ser de Metallica, pero eso era todo menos Metallica.


En ese momento me dolió mucho decir “valen verga”; habían tocado fondo, el nuevo bajista, Robert Trujillo, no era ni la sombra de lo que fueron Cliff y Jason, Kirk y James no ejecutaron ningún solo de guitarra en aquella nefasta producción, y terminé viendo a Mr. Ego Lars como a cualquier cosa menos como un gran músico y baterista de metal.


De Metallica no nos quedaba más que el recuerdo de lo que fue en los 80 y a principios de los 90, los fans repetíamos los discos viejos, en los conciertos se pedían canciones antiguas porque casi nadie soportaba a las nuevas. La decadencia había llegado, y mientras aquello pasaba, mucha gente los dejó por otras bandas, los más jóvenes, aquellos que como yo los descubrieron en su pubertad, prefirieron otros géneros musicales, y así, Metallica la había cagado apocalípticamente.

De allí pasaron varios años y vio la luz otro disco de estudio de Metallica, por allá en 2008 llegó al país Death Magnetic, un disco no tan desagradable al oído como sus tres predecesores, pues tenía temas que recordaban a la época más fuerte de la banda, los 80, aunque los años no pasan en vano y James no tiene la misma voz ni Lars la misma velocidad en la batería, pero de todas maneras no me disgustó. Llegué a decir “después de St. Anger y los Loads, todo lo que haga Metallica es oro”.


Era como que se iban reivindicando, pero aparente y lastimosamente Lars Ulrich sufre de un mal en los esfínteres: cagada tras cagada. Circuló el rumor de que la gira World Magnetic Tour, que promocionaba a nivel mundial el Death Magnetic llegaría a Quito. Sin embargo, nadie lo confirmó y en una rueda de prensa en Lima, al ser preguntado al respecto, el baterista dijo “Ecuador no está preparado para ver a Metallica”.

... y en el mal sentido de la palabra!


TERCER ACTO:
DEL SUEÑO QUE SE HACE REALIDAD


A estas alturas de mi vida ya no compro discos originales de Metallica, debo admitir que la mayoría de ellos se perdieron en chupes, fueron intercambiados o terminaron regalados a alguien. Ahora paseo por Grooveshark y YouTube para escuchar setlists, acordándome de aquellos momentos en los que disfrutaba de la banda de San Francisco. Eso de comprarme camisetas momentáneamente se convirtió en algo que dejó de llamarme la atención, no me había comprado una de Metallica desde hace más de 10 años.

Me llega y jodo con una canción de Metallica como en aquellos primeros años, no sé si será porque me llegó aquella etapa de la crisis de los 30 en la que dices “todo tiempo pasado fue mejor” y tratas de revivir esos momentos en los que tu personalidad y tus aficiones fueron formando a la persona que actualmente eres.
Escuchar para mi Fade to black, For whom the bell tolls y Creeping death resulta tan fuerte como el primer día que escuché el Ride the lightning. Hasta uno que otro tema del Reload me trae algún grato recuerdo.


Insisto en que tal vez sea una razón motivada por la crisis de los 30 lo que me hizo volver a dejarme crecer el cabello a estas alturas de mi vida. Ropa negra no dejé de vestir jamás, pero nuevamente me compré una camiseta de Metallica, una década después de haber desechado la última que ya estaba vieja y rota, tiene la portada del Master of puppets y la foto de la banda en la espalda, con Cliff incluido, una prenda clásica de la que en los 80 se comercializaron muchas.

La clásica de clásicas!

Se trata de un reencuentro con mis raíces metaleras, que en su momento fueron desviadas por mi fuerte identificación musical y personal con el grunge, el indie y el alternative, pero que ahora están nuevamente y con más fuerza en mí. Por mis venas vuelve a correr aquella sangre llena de furia que se hartó de la pasividad final de los géneros que antes mencioné, pero que es capaz de despertar en mi aquel instinto animal, aquella rebeldía, ese mismo sentimiento de querer comerme a un mundo frito y con mucha salsa de tomate que tenía en los primeros años de recorrido en la carretera de los interminables solos de batería y guitarra.

Pero sentí que en un momento me convertí en un quemado, que perdió las esperanzas de ver a sus bandas favoritas en vivo. No puedo negar que en 2009 estuve en el mejor concierto que vieron estas tierras, Iron Maiden en el popular Aucas Arena, presentación calificable solamente con una palabra: apoteósica; sin embargo, enfrentábamos una realidad que no permitía a las grandes bandas pasar por el Ecuador: impuestos altos, un mercado no atractivo, un público mediocre, una afición al buen rock y metal prácticamente nula y obnubilada por el recuerdo de aquella visita de la doncella de hierro.

Además de una absurda falta de espacios destinados a grandes espectáculos, lo que obligó a artistas de la trayectoria de Ozzy Osbourne y Korn presentarse en un coliseo que no brinda las facilidades para la pirotecnia y los cambios de stage, o peor aún, resultaba vergonzoso mirar a nombres como Sepultura, Misfits, Cannibal Corpse, Dark Funeral y Mayhem tocar en una cancha de barrio llamada Estadio de Chaupicruz. Eso daba qué hablar y mal del Ecuador, un país cuya mayor parte de la población no trasciende de Arjona, del reguetton o de lo que ponen en la nefasta y aburrida radio Disney.

Sí, en este tierrero tocó Sepultura, así es.
Pero mientras aquello pasaba puertas adentro, a nivel global un fenómeno llamado piratería quebraba a las tradicionales tiendas de discos y obligaba a un movimiento artístico mainstream a buscar alternativas para ganar dinero frente a las descargas gratuitas de sus producciones. Y la mejor idea de todas la tuvo un visionario que además de ser un gran músico es empresario, historiador y piloto de aviones comerciales, el frontman de Iron Maiden, Bruce Dickinson.

A este SEÑOR le debemos en parte que Metallica venga
El plan fue sencillo, consistía en buscar el origen de las descargas de sus temas para llevar el espectáculo de la banda a estos lugares del mundo y así promover más downloads para promocionar en más sitios a su banda y recuperar aquellas ganancias. Aquello incluso cristalizó una serie de reuniones, como la de KISS, quienes están en una gran gira mundial este año.

Metallica no se quedó atrás en esta nueva iniciativa y participó de la idea de The Coca Cola Company de dar un concierto en la isla 25 de Mayo, en la Antártida, en un espectáculo que llevó a la banda más caliente del metal a uno de los puntos más gélidos del planeta. Para no afectar al ecosistema del lugar con el ruido, se construyó una especie de domo y por medio de auriculares el recital fue del gozo de una treintena de investigadores, científicos y técnicos residentes en el lugar, de aproximadamente 20 ganadores de un concurso de una de las marcas patrocinadoras y de un grupo de periodistas especializados en metal.


Uno de aquellos coleguitas se llama Alfredo Lewin, el mismo que conducía MTV Headbangers a mediados de los 90, cuando el otrora canal musical era transmitido gratuitamente en Ecuador. En medio de la cobertura del concierto envió un tuit totalmente esperanzador, allí se veía una foto en la que se enumeraban los destinos de la gira sudamericana de Metallica para 2014. Era un papel escrito a mano quizá por el propio Lars, que decía: “March… 16 Bogotá… 18 Quito…”

¡¡Esta es la foto del millón de dólares!!


Al mirar la publicación mi reacción fue quedarme tranquilo pese a la credibilidad de la fuente, no creer, no hubiera sido la primera vez que al público ecuatoriano le harían ilusionar y emocionar con la presentación de un artista de trayectoria que a última hora se cae o jamás se confirma en una web oficial. Pocos días después, en plena época electoral, salió un concejal llamado Freddy Heredia  a confirmar que el recinto escogido para el recital sería el Parque Bicentenario, dije “¡la puta madre!” con temor a una politización del evento. No sé si Heredia será concejal reelecto, pero aún sospecho que la llegada de Metallica está relacionada con el fallido intento oficialista de permanecer en el Municipio de Quito, pero en fin, esa es harina de otro costal.

Pasaron pocos días y se oficializó en la web de la banda la presentación de James, Kirk, Robert y Lars en la franciscana ciudad. No voy a ocultar que en aquel momento me quedé en shock, reaccionar me costó un par de minutos y tuve un grito de emoción que creo que despertó a todo el vecindario. Entré a YouTube a escuchar Whiplash, es que en realidad no podía creer que ya se había confirmado. Y la emoción fue mayor cuando vi que era By request, es decir que quienes iban al concierto podían votar online por las canciones que querían escuchar.


Llegó el momento de la votación, un proceso que me emocionaba mucho más que la campaña electoral que en esos días vivía el país. Cada usuario podía elegir 17 de entre todas las canciones de la banda, entonces voté cronológicamente por mis canciones preferidas de cada disco, lista que no pasaría del periodo ochentero de la banda, pero mi cupo se cumplió apenas en el Master of puppets. ¡Joder! ¿Y ahora cuáles borro? Supuse que los temas más populares serían votados por la mayoría de personas, así que los eliminé del listado y seleccioné a los poco conocidos, pero que por ello no son mejores o peores que los más famosos.

¡Un poco de lo que nos espera!
Ahora que falta menos de una semana para el concierto, siento la emoción de cumplir un sueño, de que aquello con lo que me emocionaba es real, las largas sesiones de air guitar de mi adolescencia ahora no van a ser con un CD sino en vivo. O sea, verles, escucharles, cuando James diga “¡Hola Quito!”, no puedo creer que haya tenido que esperar 18 años para que eso pase. Ese fanatismo cumple la mayoría de edad, ya puede ver pornografía, fumar y embriagarse legalmente.

No voy a ocultar que ahora me siento como guagua a pocos días de Navidad, me late el corazón rapidísimo, paso todo el día con sonrisa de hornado, a ratos los ojos se me ponen vidriosos… la emoción es única, aquella emoción de saber que el 18 de marzo se acabará algo que me ha tomado mucho más de media vida, una espera que ya tendrá cédula de identidad… algo que tomó 18 años en hacerse, 18 years in the making.